El ideal y la realidad del Plan Pensilvania
La visión idealizada que Estados Unidos tiene del Plan Pensilvania consiste, en esencia, en lograr un renacimiento económico mediante la repatrio de la industria manufacturera, con el fin de reproducir la trayectoria de alto crecimiento, alta inflación y altos ingresos que siguió China en la década de los noventa. La lógica central de este planteamiento es que, siempre que se recupere la capacidad productiva del sector manufacturero, se podrá replicar el milagro económico que vivió China en aquella época.
Sin embargo, tanto si se analiza desde el punto de vista de la oferta como desde el de la demanda, este objetivo es absolutamente imposible de alcanzar. El panorama económico mundial de la década de los noventa era completamente diferente al actual: el mundo anterior a 2008 era una época de demanda extremadamente fuerte y grave escasez de oferta, especialmente tras la reforma y apertura de China, cuando mil millones de personas se incorporaron al mercado mundial, lo que trajo consigo un incremento de la demanda sin precedentes. En aquel momento, una gran parte de la población aún no había alcanzado un nivel de vida moderadamente acomodado, y la demanda de productos industriales como electrodomésticos y automóviles se encontraba en plena expansión; este volumen de crecimiento es algo que el mundo actual no puede replicar.
La demanda ficticia en el sistema monetario de crédito
El crecimiento económico mundial posterior a 2008 se ha basado, en esencia, en una demanda ficticia estimulada mediante la impresión de dinero. El incremento del PIB generado por la impresión de un dólar ya no alcanza el valor de un dólar, lo que demuestra que los efectos de la política de expansión monetaria han llegado a su fin.
Aquí se plantea una cuestión que merece una profunda reflexión: durante la Primera y la Segunda Revolución Industrial, el aumento significativo de la productividad trajo consigo una bajada generalizada de los precios; sin embargo, desde la Tercera Revolución Industrial, a pesar de que el avance tecnológico es más rápido, los precios no han dejado de subir. La razón fundamental radica en el cambio del sistema monetario: en la época de la Revolución Industrial se aplicaba el patrón oro, y la emisión de moneda estaba sometida a estrictas restricciones; en cambio, ahora nos encontramos ante un sistema monetario de crédito, en el que la velocidad de impresión de dinero supera con creces la velocidad de producción de bienes.
La demanda generada por esta sobreemisión monetaria no es más que una ilusión monetaria; una vez que estalle la burbuja, se entrará inmediatamente en una fase de deflación. El comportamiento del mercado tras el colapso del sector inmobiliario chino es el ejemplo más típico: las elevadas hipotecas han reprimido la demanda real de consumo de la población. La situación en Estados Unidos es, en esencia, similar: la gran inyección de liquidez de las últimas décadas ha acabado provocando una contracción del consumo colectivo.
Las distorsiones económicas de las políticas de subvenciones occidentales
En los últimos años, los países occidentales, con el fin de frenar a China, han estado utilizando fondos públicos para distorsionar el mercado de forma forzada. Para cortar el vínculo entre los mercados occidentales y la nueva productividad de China, se han visto obligados a utilizar fondos públicos para subvencionar a gran escala a las empresas locales: se han concedido enormes subvenciones en sectores como los vehículos eléctricos, los chips, la construcción naval, las tierras raras y las estaciones base 5G, y todo este gasto acaba convirtiéndose en deuda pública.
Estas subvenciones suponen, en esencia, un gasto innecesario. En un principio, los productos chinos eran de buena calidad y a precios asequibles, y se podía lograr una asignación óptima de los recursos globales a través del libre comercio; sin embargo, ahora Estados Unidos, Europa, Japón, Corea del Sur y el Sudeste Asiático están repitiendo la construcción de las mismas industrias: todos se dedican a las tierras raras, al acero y a los chips, lo que provoca un grave exceso de capacidad de producción a nivel mundial y una caída drástica de la eficiencia en la asignación de recursos.
Este modelo de crecimiento económico impulsado por la deuda es, en sí mismo, insostenible, y el resultado de que todos los países se lancen a la producción a gran escala será, inevitablemente, un aumento continuo de la presión deflacionaria a nivel mundial en el futuro.